lunes, 29 de abril de 2013

Rastreando la memoria,

a propósito del poemario Los Rastros, de Juan José Rodríguez

 

Leer poesía ecuatoriana es ir comprendiendo una poética de la evolución, y porqué asevero esto, simplemente por las variadas voces que surgen a lo largo de los años, nuestra poesía se caracteriza por varias etapas creativas, desde los tzántzicos, donde su poesía estuvo consumada a ser militante, donde sus versos gritaban o quizá, poetas de los años 80, época de represión política y social, aquellos versos que, desde sus trincheras creaban mundos de libertad, este como un ejemplo del proceso que la poesía ecuatoriana ha ido desarrollándose; pero también existen poetas que dialogan con otros poetas, desde sus versos, creo de alguna manera, este criterio pertenecen a los poetas de esta generación, uno de estos poetas es Juan José Rodríguez, en su libro Los rastros, publicado por Libresa en su colección crónica de sueños, por allá, en el 2006. Libro que recoge poemas trabajados desde el año 2000. 

Juan José Rodríguez, un poeta que ha ido generando varias voces poéticas, en sus distintas etapas de creación, pero creo que Los rastros, como inicio en lo que será su discurso poético, nos remiten poemas lucidos y de una fuerza expresiva que condicionan al poeta en su búsqueda del poema claro, preciso y bello.

Dividido en tres partes: Intención de sombra (los poemas mejor logrados), Grabados sobre una columna derribada y Cenizas en la roca. 

Intención de sombra inicia con el poema Trilogía del principio: “Invocar al caballo primitivo/ y dejarlo correr hacia el espejo” con estos versos, el lector podrá ir descubriendo por donde se inserta el discurso poético de Rodríguez; “caballo primitivo” esas imágenes de pasado que se nos advienen raudas y es en el espejo en que se descubre, se invoca. 

Las imágenes nos remiten a esa tradición simbolista, son versos pequeños, pero las imágenes cobran fuerzamientras uno va leyendo el poemario, así: “El centro de un pájaro callado/ sobre un pozo de sombra” o quizá estos versos: “La vida es un pájaro vacío./ La vida es un vacío./ Pero el pájaro existe/ y toma vuelo/ y escribe.” Claramente, la función del existir esa fugacidad y refugio en la escritura. Las metáforas en Intención de sombra son rememoración de ese pasado ausente, pero también es vacío… “Desde hace tiempo,/ amo los pájaros de sombra”. 

En Grabados sobre una columna derribada, Rodríguez nos remite a una poesía dolorosa, los versos elucidan cuerpos silenciosos, derruidos en un trasiego oculto; en el poema Elementos de otra voz, el poeta juega con retozos de voces quebradas, dice: “El silente/ ha cogido esa materia/ en su fondo de agua blanda”. En esta parte del poemario cobran vida los adjetivos: “bulbos muertos-lóbrega orquídea-árboles muertos-aguas del espanto-agua de sombra, etc.” Estos adjetivos que elucidan un camino lleno de piedras, que en su búsqueda tratar de encontrar el camino hacia la luz: “Lengua vacía que repite mi nombre/ con la luz, en la luz.”; también en estos versos: “Hoy ocupo su corteza viviente./ Ya con pies vegetales,/ voy al agua real.” 

Pero, Rodríguez en otras ocasiones subyuga sus manos encubiertas en un malabar de destrucción que es la vida, ¿quizá la muerte?, desde las orillas, donde descansa la palabra: en el río de la poesía, fluctuante no estática. 

“Yo sueño un árbol que camina en el pasto. 
Sus ramas tocan follajes, escrituras.” 

En Cenizas en la roca, Rodríguez comienza a experimentar con el lenguaje: los versos son prosa, la prosa es verso; pero se puede observar a un poeta que hila sobrias imágenes, en el poema que da inicio a esta etapa: “vives en un cuarto donde nada existe;/ aun ausencia de lo blanco” brota desde oscuros recovecos y da cuenta de un talento grande para crear símbolos e imágenes pensados desde su yo interno: “los ebrios ven con odio los espejos”. 

Edward Sapir dice que “todo artista tiene que aprovechar los recursos estéticos de su propio idioma”, así lo hace Rodríguez: “El presente es la piedra que piensa”. ¿Quizá Rodríguez sea los escrito en sus rastros o solo es invocación de la palabra? De aquí explicar esa gravitación de los versos en torno a un vacío insondable: “Llueve ceniza entre los olmos muertos”, palabra desarraigada de la trascendencia de la memoria, palabra que se acoda en el dolor del vivir. 

A pesar de que Juan José Rodríguez ha escrito otros libros, no me queda decir que Los rastros es un poemario soberbio en esa indagación que transita mutando la condición humana.

martes, 29 de enero de 2013

El abismo de los justos:

el poema es la única incertidumbre


La Feria Internacional de Libro de Quito (FILQ), del año 2012, fuera de los problemas técnicos que existieron, trajo varias novedades, en lo que se refiere a Óperas Primas, una de aquellas sorpresas fue el libro de poesía El Abismo de los justos, del poeta guayaquileño Abel Ochoa, libro editado por El Ángel, editorial dirigido por el poeta Xavier Oquendo, un libro pequeño, fácil de manejar, colección que recoge a varios poetas jóvenes, entre los que nombro: Jorge Valbuena, Omar Balladares y Marcelo Silva, esto saca a relucir el buen trabajo editorial de El Ángel Editor. 

Al intentar acercarme al poemario de Ochoa, ya en el segundo poema Vacíos me encuentro con estos versos: “Los segundos van cayendo/ como gotas en mi piel,/ perforando mis entrañas…/ Una bandada de dioses se anida en el cielo”, necesariamente la primera reflexión supone una existencia del ser en el tiempo, ese retorno cubierto de resuellos, nostalgias, naufragios que ahondan en reflejos; reflejos de la infancia, reflejos del sujeto en su cotidianidad. 

Un misterio: misterio por donde las palabras acercan al yo ecos o resonancias, de la cual hablaría Octavio Paz, de ese pasado intermitente que llega embravecido al presente y es el poema que la enternece y descubre la eternidad en un verso, es por eso que Ochoa evoca: “La eternidad se envuelve en mis sábanas/ para florecer con tu corazón…/ la eternidad eres tú/ y con tu mirada posada en mis huesos”, en estos versos matizado de Romanticismo y Modernismo da valor a cada palabra, haciendo caso a los poetas Simbolistas, cada vocablo, a más de significación debe tener ritmo, el sonido debe colorear el mundo, recordemos a Rimbaud en ese poema de las vocales, donde no solo las palabras tienen color, sino las letras; y Ochoa maneja sutil este decir en el poema El mendigo y el niño: “Le pregunté qué hacía a un niño sentado en la rama/ de un árbol, empuñando una caña de pescar./ Me respondió:/ estoy pescando dioses en el cielo”. 

Estoy de acuerdo en la lectura que hace el poeta Jorge Valbuena, en el prólogo, donde dice: “El sujeto aparece retratado en la cotidianidad de los objetos”, pero este canto a la cotidianidad se resuelve en el poemario como una negación del tiempo, de su tiempo: “Busco la palabra/ entre los escombros…/ y pájaros/ que niegan su vuelo”, esta negación que actúa como descubrimiento, se llega al futuro como ceniza. 

Quizá este poemario no sea el único en este poeta guayaquileño, y perezca en el camino, sino siga en su búsqueda. El Abismo de los justos es un poemario que se lee y degusta; si bien, el libro no tiene una consciencia política, ni le preocupa la coyuntura social, está bien escrito y nos sondea un poeta consciente de su actitud poética para su ser.

Comparto varios poemas de este Abismo de los justos:

VACÍOS

Los segundos van cayendo
como gotas en mi piel,
perforando mis entrañas, dejando sus estigmas en 
/mis manos.
Mientras las gargantas se pasean por el prado
/llenas de sangre,
solitarias, temerosas.
Una bandada de dioses se anida en el cielo.

ARCILLA

Mis manos envaino
en una guerra de obuses.
Busco la palabra
entre los escombros.
Me recuesto en la yerba,
observo
un cielo de arcilla,
y pájaros
que niegan su vuelo.

EL MENDIGO Y EL NIÑO

I
Un mendigo fuera de una catedral
tenía en sus bolsillos luciérnagas abarrotadas
y un cartel que decía:
prohibido dejar limosnas

II
Le pregunté qué hacía a un niño sentado en la rama
de un árbol, empuñando una caña de pescar.
Me respondió:
estoy pescando dioses en el cielo”


domingo, 25 de noviembre de 2012

Los poemas humanos de Pedro Gil

Pedro Gil en el Psiquiátrico Sagrado Corazón 
 


Antes de conocer a Pedro Gil, había escuchado su leyenda: el constructo de un personaje que merodeaba en la poesía como uno de los escritores malditos. Con una infancia cruenta y por su última experiencia; entre ese desandar en el alcohol, las drogas, el recibir 17 puñaladas, y enfrentar al destino con un poemario y un título irreverente 17 puñaladas no son nada podía haberse convertido en un imaginario de personaje marginal, pero a ciencia cierta es que Pedro Gil es un poeta clave dentro de lo que Francisco Tobar García llamaría belleza en agonía; sus poemas tejen un discurso contestatario, consciente de los problemas y las injusticias sociales, pero siempre partiendo de su primera persona, porque Pedro Gil es su propia poética, él en si es un poema de barrio, de putas, de arrugas en la sangre, y lo confirman los versos que escribiría en su primera juventud, del poemario Paren la Guerra que yo no juego:

“Todavía me pertenezco.
Los emperadores de la tierra somos los pobres y yo
Que nos debemos demasiado lágrimas;
No lo niego…
Somos el mundo,
Traducimos la historia con cifras de sangre…
Mi barrio es el más pesado de todos.
… pobres mis pobres.
Vamos hija, los hambrientos también tenemos
Fiesta.”

¿Dónde lo maldito en estos versos? ¿Dónde lo marginal? ¿Quizá para los críticos de poesía en el país el seducir los abismos sea traspasar las líneas a lo maldito?  Pero sé, y seguro de lo que digo que la poesía de Pedro Gil es un discurso encabritado a romper lo estático, lo normal, a burlarse del canon; ruptura sobre la misma poética, de aquellos poetas de premios y viajes, de alabanzas y de peleítas de niñitos, dentro del tiempo la poética de Pedro Gil es profundamente liberadora.
 


Cristian López en la presentación del libro Crónico, en la FIL Quito 


Y conocí a Pedro Gil, compartí con él su presentación del libro 17 puñaladas no son nada, y lo leí, varios versos se me vinieron a la mente como un llanto de niño, jamás olvidaré los versos que le dedica a su hijo en el poema Damian, que siempre retomo en mis clases de Literatura:

“Si alguien / Cualquiera/ Quien sea/ Sólo por ofenderte/ Te dice/ Que fui un presidiario/ De los/ trastornos,/ Que fui lo uno,/  Que fui lo otro,/ Sólo/ Recuérdales/ Que tu padre / es un gran poeta,/ que no existen/ poetas desalmados…/ … sé bueno con los buenos,/ Sé mucho más bueno con los malos”

¿Maldito? Diría poeta humano. Invocación, súplica, soledad, herida inquebrantable, voraz, poesía que estremece, incesante, versos que no tienen respiro, a su vez tiernos, terribles, amables, bellos y tormentosos.
Y esas conversaciones que tuvimos varias lo fueron dentro de las instalaciones del Psiquiátrico Sagrado Corazón, donde permaneció junto a adictos, a locos, a ancianos deshabitados; lo suyo era leer, mirar películas mientras las enfermeras y doctores le proporcionaban su dosis diaria de medicamentos, por eso estoy de acuerdo en su apreciación sobre la obra que presentamos el día de hoy, Crónico, que hace el poeta Ramiro Oviedo: “la razón de ser y el lugar de procedencia de los mismos confluyen en su carácter documental-confesional, además de terapéutico”. Este es un poemario confesional, pero tiene carácter documental porque lo vivió y nos presenta una realidad, la que él percibió, y sigue percibiendo, pero también fue su terapia, una concesión al trato que recibía a diario, psiquiátricos que en él querían ensayar alguna verdad científica, fuera de la sensibilidad que como poeta la tiene.
 



Pedro Gil y Cristian López en la presentación del libro 17 puñaladas no son nada


Y por qué evocamos los primeros versos para tratar este poemario, tomo palabras de Octavio Paz al tratar a obra de Luis Cernuda, en su ensayo Juegos de Memoria y Olvido: “Cada poema nos lleva a otro poema… es un pequeño universo de ecos y correspondencias”, así el tejido verbal que se da en crónico es similar a sus anteriores versos, son autobiográficos, miremos del poemario “Sano juicio”, publicado en el año 2004, tomo los siguientes versos de Demasiado poeta para morir:

“los pacientes/ sabemos lo que nos dirán:/ que tenemos una enfermedad/ que nos acompañará/ hasta la tumba,/… que estar aquí es un/ regalo inmerecido…; 

Y estos versos de Crónico:

entiéndeme caramba/ luego que los resentimientos/ solo para las niñas
o que la histeria solo para las locas/ "esta mi tierra linda el Ecuador tiene de todo."
Sigamos Guerrera/ ¿en qué quedamos? en rehacer el amor,/ porque amando
y amándonos recuperamos el derecho/ siempre fue nuestro: el amor y el derecho
derecho de irnos a la derecha/ derecho de irnos a la izquierda
o de irnos a la mierda/ por lo tanto,/ compañía rica
camina a orilla de nuestro mar/ recuerda / recuérdame
yo me vengo/ tú te vienes/ en la costa de los sueños
mientras en el Pabellón de Ingresos/ me inyectan complejo B, Valium y esperanzas.”

Nos hace falta oír a nuestros poetas. Oír no lo que dicen expresamente sino su decir encubierto, diría Octavio Paz, así en la poesía de Pedro Gil, en el poema Pánico en el bosque de las aguas: “Un bosque hermosísimo/ en las miradas pánico./ Pánico en el fondo de mis ojos/ hermosísimo el bosque/ en el fondo de mis ojos más pánico/ una mirada de pánico/ pánico de mí mismo…” ecos de un lugar diseccionado por la desolación, el poeta nos refiere su entorno, a veces con crudeza, otros con ironía; nos seduce, embriaga, pero nos sensibiliza, la enfermedad está contada desde la lógica del marginal, anarquista, disconforme: “Déjeme quieto doctor/ tranquilo estoy sin tranquilizantes”.

Y esa tranquilidad la ensambla con el cine y la literatura, en el poeta ingresa Panero, Brando, de Niro, Nieto Cadena, Itúrburu, Dávila Andrade, César Vallejo; así el poema es una correspondencia con lo más cercano de su vida, es íntimo, tanto en el psiquiátrico, su devenir, como en el exterior, su esperanza. y esto una vez reafirma lo que alguna vez Pedro dijo: “La poesía es una mujer llena de bendiciones, la poesía, como el amor, salva. A mí me salvó, lo dije en la locura y lo confirmo en la abundancia de mi sano juicio

Dando lectura a este poemario, evoco al amigo en el interior del hospital, Pedro eludía a personas e identificaba sus rasgos, claramente recuerdo a la Miss Ecuador, con su locura de niña, y con su belleza de adolescente, pero con la soledad del enfermo: “Sigue hermosa y loca/ como la existencia,/ su vestido hermoso y loco/ como el recuerdo./ Se duerme temprano para soñar con nada”

Pero no solo su adicción y la enfermedad son temas de este poemario, si vamos más allá del texto constatamos que la vitalidad de Pedro es su autobiografía: el padre, como símbolo de destino, y las instituciones, sea hospital, policía, estado, como el orden. El primero, desgarrada ternura, erupciones en el recuerdo: “Mi padre se sentó a beber/ y no se levantó hasta la muerte”; el segundo, un reloj implacable que no desperdicia el tiempo para aniquilar al sujeto, un orden que instaura jerarquía, el poder: “las miradas del Pabellón de Media Estancia/ más pánico/ si llego vivo, iré

Terrible, a su vez tierno este poemario de Pedro Gil, crueldad inmanente, sombras, miedos, temores, amoroso; una cuchillada a la conciencia, un proceso a un nuevo hombre, crónico con esperanza de vida. ¿Maldito?¿Irreverente?... estocada a los impostores de la poesía maldita, erótica (así se hacen llamar), que venden libros mas no producen buena poesía; que se preocupan por una portada eficaz en venta y no en una creación consciente. Pedro Gil es un buen representante de su vida, escribe con sangre, pero con intelecto; ha sabido utilizar su derrota y construir su propia liberación espiritual, sabe que al escribir un verso, no solo se evoca él, sino también a su comunidad. 

Comparto poemas de este libro, Crónico:

Enemigo Público
 
En el Siquiátrico “Sagrado Corazón”
juego fútbol con angelitos medicados.


Se despierta temprano para hablar
de nada.
El pájaro loco canta y amanece en nosotros.
Es en el patio.
Encima del sol y de las nubes.
No nos tiemblan los pies
para patear
al contrario
sentimiento.
No me tiembla la mano
para acariciar al loco contento
al loco descontento.
Las enfermeras ríen y aplauden.
¿De qué se enferman las enfermeras?
¿Será su enfermedad tan tierna?

a cambiar de pañales a la Muerte.
Preparar los alimentos y la caridad.


Está con nosotros Miss Ecuador 1967
linda década.
Sigue hermosa y loca
como la existencia,
su vestido hermoso y loco
como el recuerdo.
Se duerme temprano para soñar con nada.


¡Déjenme tranquilo!
de la locura vengo
en la locura estoy.


En el siquiátrico Sagrado Corazón
Jugamos fútbol los angelitos medicados.



Preciosismo
 
Lo real es un espanto
una clínica de desintoxicación,
un masturbador crónico. Jovencísimo.
Madre en el manicomio. Padre policía.


Una infancia más desgraciada que la del Guasón.
Que se masturbara con la Biblia, pasa.
Que se comía a una gata, pasa.
Pero, ¿saben lo que lo excitaba?
el culo de otro adicto cuando defecaba
el excremento que salía lo volvía loco,
deliraba de placer.
Lo real es un espanto
lo imaginario también


Carver se fue recuperado, nueve años sin beber.
Camille fue encerrada 25 años en un manicomio.
Claro, exacto,
usted puede alcanzar la cima en este hospital alias
manicomio alias
casa de la risa.


La cima
La cima de mis ansiedades
La cima de mi descenso.


 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Ángeles Sodomizados, una escritura que nace desde la rebeldía del vivir


Los jóvenes de Latinoamérica han encontrado nuevas formas de decir sus sentimientos, sus temores, sus deseos, sus esperanzas; sea en narrativa, ensayo o poesía, en este contexto surge la voz del poeta Luis Franco, como una ráfaga amorosa de polvo, ese polvo que emergiera de las fauces quevedianas, que nos invita crear imaginarios amorosos, pero con la ternura del niño que encuentra la alegría al descubrir que su cuerpo es sinónimo de placer. Luis Franco encuentra en el lenguaje la forma de inventar los deseos, estos devienen en imagen de ángeles: ángeles de queso, ángeles mariposa, ángeles de manzanilla; dulces, sensibles, irónicos, mortales; están y desaparecen. Son cuerpo y son nada. Se fingen pero se agudizan en el cuerpo. Se pecan, y en ese pecar se hacen pólvora, niebla, se consumen en humanos, se hacen poesía, y en ellos se hará la noche. 

Nos dice el poema: “las manos cansadas sobre el tiempo, el rostro envuelto en una mariposa, el muchacho que cantaba un tango mientras metamorfoseaban sus ojos en dos calles vacías, siempre vacías y un eco entorpeciéndose en otro hombre…” 

No hay temor en este poemario, solo hay belleza, una belleza extraña, belleza que busca en el muchacho, hecho de mar, la inmensidad del sentido, de las aguas que no son río, que permanecen en la arena, debajo del sol ardiente, belleza que se hace alegría en la carne, pero tiene soledad, certeza en la rebeldía del amor: 

Me busco y sigo siendo el mismo animal solitario: así en él se renueva el mundo, perdido en una mancha que se disuelve sobre la ignorancia. Estoy decidido a ser un puño o acabose. Lírica naranja envuelta en una sonrisa o en una caricia.  

No hay represión, hay libertad, aquí el sexo es un saberse; no hay historia hay presente, rebeldía iluminaria, aquí la estrellas hablan, ellas ven al muchacho desenfrenar su vida. Aquí hay saudade, la playa, el trago como síntoma del sueño, en Luis Franco, los ángeles se hacen pleamar, son juventud; se sodomizan, pero son líricas; sienten, aman… 

Leyendo este poemario imagino a Luis, salir a la playa en una mañana y esperar la tarde mirando las aguas recorrerse, mirar a la gente anonadarse de las casas solitarias, de las personas que parecen lluvia, imagino desandarse a Luis, entre su agonía y su adolescencia. Imagino escribir el verso sentado en algún bar, comprender que la vida no termina en la escritura, sino que empieza en el rehacer el lenguaje; por eso reafirmo, no hay temor en estas líneas, hay crudeza, crudeza ingenua de un niño malherido, de un ángel solitario, y termino felicitando a Luis Franco porque un libro no solo permanece en el momento, sino que uno escribe para permanecer en la memoria, porque un libro es un patrimonio del país, creo que Luis lo sabe, por eso nos deja versos como los que pongo en sus manos: 

Nada me aterra más 
que la mano de una niña 
rebuscando entre mis vísceras a Dios. 

Yo tenía un romance con querubines 
a los que penetraba cuarenta veces en un día. 

Un solo cuerpo con dos cabezas 
¿es suficiente?

He aquí la victoria: 
mujer agonizante, incolora y desértica; 
su nombre es Catástrofe.
[Los hijos detrás de la sangre] … 

Yo tenía un ángel entre las páginas de un parís frío
al que besé y amé debajo de los manzanos. 
Un solo cuerpo con dos cabezas 
no era suficiente. 

Yo quería más, asesino, víctima.

jueves, 26 de julio de 2012

A cambio de monedas o palabras

poemario de Franklin Ordóñez Luna


El problema principal con la sexualidad es que no la logramos entender. En la actualidad, tratamos de aceptarlo entendiendo que la heterosexualidad no es el único paradigma en el Ser Humano. La homosexualidad ha generado un interés en dialogar con el otro. En desear al otro. Es el otro que instaura instantes percibidos, y así invoco los versos de Franklin Ordóñez Luna: “Eres pan y vino,/ el madero donde crucifico mi sangre”, unificar la idea judeocristiana, o el posible ritual del cuerpo de Cristo para engendrar diálogo con un ausente, lleno de pasión.

Y es común caminar entre las calles y ver a personas mostrando sus diferencias: rockeros, punkeros, hippies, hombres con corbata, mujeres con faldas, pero alguien se ha preguntado sobre sus pasiones hacia la carne, la voz lírica de Ordóñez ingresa en estos recovecos: “Se esconde tras la puerta./ Como reptil, acecha. Clava sus colmillos en mi vientre”, en estos versos se exploran tensiones, lo abyecto de un sistema donde se rige lo “heteronormativo”. Y también es común subirse a un bus, atestado de gente, donde los cuerpos se rozan; los labios son uno, y nadie comenta sus debilidades sexuales. También es común mirarse a los ojos, desear en nuestro inconsciente. 

“El hombre va tras el adolescente,
lo agarra entre las olas. Le desgarra el traje de baño;
con fuerza lo penetra.
El chico siente como el sol se hunde en sus aguas…
qué importa la muerte y sus juegos,
quizá la gracia de la vida está en sus travesuras violentas”

En este poema existe la posibilidad de una ruptura al esquema normativo de la sexualidad, un juego de ruptura sujeta en medio de la norma. En el otro, una radical oposición a la identidad. Octavio Paz, en su maravillosa El arco y la lira notaba algo singular: “El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre”; y eso lo entiende Franklin Ordóñez, en su A cambio de monedas o palabras, la literatura como lugar donde dialogan y coexisten las posibilidades de amar del ser humano. Estos versos ingresan a la Literatura Queer, porque trata de perpetuar un nuevo corpus donde se trata de comprender las pluralidades de la sociedad, entendiendo que el cuerpo es noción de deseo.

Además de lo anotado, el poemario es búsqueda, transtextualidad; aparecen como aguas invocándose a sí solos, James Dean, Genet, Mishima, Pessoa, David Ledesma, Sade ayudando al yo lírico en la posesión de la belleza: “Que en tu daga no escampe la sangre,/ que mi piel sea tambor de tus melodías, Yukio Mishima”.
Incesante la palabra sangre es tratado en el poema como dolor, pero también como liberación: “yo prefiero las cadenas de tus labios,/ tus manos como garras, tu esperma por mi sangre”. 

Un poemario bello, diferente. Versos cortos que detallan finura. Caracoles de Jorge Carrera Andrade, vinculados al cuerpo y a la felicidad: “Con tu semen y tu sangre escribe en mi rostro la filosofía de Sade: Mientras yo sea feliz, lo demás no importa”.

Leamos este libro, y no lo cerremos, que en la fiesta de la poesía no intervienen cretinos. Gratificante lectura


martes, 19 de junio de 2012

No es dicha, la posibilidad de un comienzo

La palabra poética posee diversas significaciones, así un libro es un mundo distinto, soledades que vagan en ciudades profanadas de alcohol. Así nuestra poética contemporánea que evade cánones, poetas de auditorios, o los muchos malditismos que se propagan en concursos, se mediatizan, pero la dicha de leer poesía es cuando se percibe desde la cotidianidad; sea un bar, un parque, un estadio de barrio, un concierto de rock, tal vez nuestro hogar; poética, que desde espacios silentes, rompe la racionalidad y genera evocaciones en el instante de reproducir la vida. 

Y tomo este concepto de cotidianidad para hacer una lectura del poemario de Juan Secaira (Quito, 1971), quien ha ido tejiendo una urdimbre de significados, desde la psicodelia de una ciudad abstraída en alucinaciones ¿Qué temor existe al articular en palabras la no dicha del vivir? 

En los versos iniciales, Secaira, nos dice: “El estampido nos movió/ las ventanas se vistieron de sangre/ cunetazo limpio, sordo/ yo, tres años de edad con el presente roto…” ¿Acaso el pasado en el poeta genera tormenta, acaso el pasado es una casa deshabitada, donde el poema ingresa con paso sigiloso a reordenar su conciencia, acaso la dicha del vivir es destruir a fantasmas dolorosos, ajenos en el tiempo? 

El poema, por herencia, niega la historia, pero es historia en sí mismo: “Un vodka me susurra mejores palabras que la madre que/ nunca tuve/ en el estrecho universo creado por mi precoz demencia” y este negar la infancia en el presente es adquirir la percepción de que el poeta es más que tránsito en su paso por el mundo, es vicio donde lo palpable naufraga en la existencia. 

Mientras leo a Secaira rememoro el dolor de Kafka, el dolor de sobrevivir ante la negación del mundo: “para colmo un bicho triste/ vuela entre las/ lámparas”; o en este verso: “Aquellos niños borronean obras de arte con sus lágrimas”. 

El dolor en No es dicha está simbolizado en la imagen del padre y la madre, en sus ausencias, cito los siguientes versos: “Mi madre me pregunta/ ¿Por qué eres tan enfermo?”; “Mi padre me grita/ un ogro a cabalidad”; “Dicen tu madre está loca/ ha sido capaz de vender todo y transmutar/ gritando y gesticulando plegarias/ mientras consume pastillas”… Siempre estas imágenes al inicio de cada poema, para luego en su peregrinar por las palabras construyendo ciudades cotidianas, urbes barrocas, anocheceres roídas de misterio, charcos habitados por desdichas. Ciudades donde el pecado se hace visible, y Juan Secaira lo hace conciente, este conflicto entre el deseo y el dolor de vivir se resuelve en la memoria, esta ciudad llena de fantasmas y de sueños que termina siendo una despedida. 

Este es el mundo de No es dicha, la antítesis entre la ausencia de un ser en el mundo con la dicha del vivir… construyéndose en poesía.

martes, 5 de junio de 2012

POPEYE'S SEA,

o el encuentro de dos cuerpos ¿y el mar...?


Popeye's sea, nueva muestra poética de Agustín Guambo (Quito, 1985), publicado por el Grupo Editorial RAS, del Perú, un libro que se debe leer con ojos cerrados. Ojos enterrados en alcohol. Ojos oprimidos de lágrimas. Ojos encallados que nos ayuden a ingresar a las desdichas, porque "lleva (mos) el rastro de sal en los ojos"; aquí donde radica la ternura. Y así nos presenta sus personajes: Popeye y Olivia (saga clásica infantil, donde el amor enfrenta dos bandos; el fuerte y el débil, por alguna extraña razón triunfa siempre el débil).

Dos caminos nos devela este libro; el primero, la búsqueda del amor, este amor convertido en aguas nostálgicas de mar "El mar también puede ser una mariposa triste", y ¿qué le hace ser al mar un niño ?, quizá el frío de la tarde, los vientos que soplan del norte, la playa, quizá los ojos divinos con que divisamos las aguas saladas, ajadas, enorme despliegue donde naufraga un buque desconocido; el mar donde descansan cartas incrustados en botellas de enamorados. El mar, un pájaro extraviado; la arena, beso indestructible, que en su cuerpo mantiene corazones dibujados con palos desvencijados... El mar un personaje náufrago: Popeye no entiende la soledad de las olas; o sino este verso: Ven Olivia miremos el fósil del mar que promete días mejores...

El segundo camino nos remitirá al viaje épico, al viaje hacia el inframundo: Adiós Olivia Katábasis haré por ti... Recordar a Orfeo ingresar a esos recovecos para salvar a Eurídice, y llevarle de nuevo al mundo de los vivos, al mundo del sufrimiento. Agustín termina con este verso: el mar ya no significa nada... Habitamos la soledad, pero también habitamos el amor, o no fue Odiseo que por el amor de una mujer pasara 10 años luchando contra lo externo. Entonces este libro de Agustín Guambo une la Katábasis, desde los oscuro y sombrío a la luz.

Un poemario tierno, pero con algunos ajustes por hacer, nombro algunos, soledad de las olas/ piensa tan solo; encallado/ encallada/ enraizada/ enraizada, unidos muy de cerca en el primer poema. O este error: debías venir ayer/ llegaste hoy.

Pero seguro Agustín Guambo seguirá en su trabajo poético, y Casa de Soledad le envía suerte en este duro, pero hermoso trabajo de la poesía, porque Popeye´s sea vagará como un eco entre los huesos...

Poemas:

V
Tus besos
se desvanecen en el aire
en tus labios descansa mi alma
así debe sentirse el mar
cada vez que el viento
baila sobre su cuerpo

XI
Arena,
quedará de ella y de mi
después del amor
Arena,
en la que otros cuerpos
hundirán sus huellas...

XII
anarka la memoria
vaga sin sentido
apestando,
errando, va y viene de su cofre
matando
un segundo
un minuto
tu nombre...